En este último año me han mentido tanto que ya no sé distinguir, en algunos casos, cuándo me hablan con cierta honestidad y cuándo vilmente se vuelve a las andadas; en otros casos sigo pillando todas las bolas, no porque yo haya desarrollado cual superheroína un sentido especial para su detección, sino porque, sencillamente, en el mundo muchos no saben mentir bien, aunque lo hagan a menudo.
Yo no sé mentir, entre varias razones, porque no soporto la mentira y los numeritos de descarga de conciencia que la suceden. Detesto profundamente ese tipo de personas que, de tanto manipular verdades a medias, acaban por vivir realidades paralelas que nada se aproximan a los hechos más o menos objetivos (siendo la objetividad en sí una gran mentira, de acuerdo).
He mentido, claro que he mentido. Por miedo y por vergüenza, básicamente. Y para evitar males ajenos, mentiras piadosas, pues alguna que otra. En todos estos casos, en todos, he cargado y cargo con una culpa que ni una novicia del siglo doce : en serio, no soporto las mentiras, ni siquiera las mías.
Ahora se esperará, supongo, que prometa que no volveré a mentir más...pues no lo haré, porque además de tratarse de algo de tan difícil, casi imposible (aunque estoy en ello, lo aseguro, hay días en los que es que mejor no toparse conmigo) es de las mentiras de los demás de lo que hablo ahora. ¿Autoindulgencia? ¿Autocompasión? Espero que no. Espero que solo se trate del primer paso (o del segundo ya) de la tan urgente limpieza general de basura acumulada a la que me veo abocada.
Que de verdad que no querría que esto pareciera una declaración de santidad y bondad, que yo en esta vida las he hecho muy gordas... pero mentir, a lo grande, y a quien se supone que me importa, para aprovecharme, lucrarme, salir indemne de un conflicto de intereses... JAMÁS. Y de éstas, pues hemos tenido ya unas cuantas.
Ahora, ya escrito, debo verbalizarlo y soltarlo a la cara: eso es lo más difícil, yo soy muy cobardica. Las consecuencias de la bomba, pues ahí estarán, pero como bien señaló un tercero que poco me conoce pero mucho me caló: "Tienes que ser honesta: contigo misma, la primera" . Señor, tiene usted razón, de qué me quejo si me engaño cada mañana convenciéndome de que me da igual lo que NO me da igual.
De la mentira, lo que más jode, sin duda, es que te tomen por imbécil. Casi que la mentira es lo de menos...como que me acabo de dar cuenta que al final siempre acaba siendo, como todo, una cuestión de ego. Tanto es así que a este paso y si sigo tirando del hilo...seguro que la mala soy yo. ¡Para variar!




